sábado, 18 de junio de 2011

Miles de minutos

Recordaba esta mañana, y hacia cuentas de cuantos minutos pase frente a una pintura de Remedios Varo. La ecuación queda así: 547 (días que trabaje en el Museo de Arte Moderno. Edificio nada moderno, inclusive edificio viejo y anacrónico), por (x) 10 o 20 minutos, en que me distanciaba frente a la “Mujer saliendo del psicoanalista”. Y la observaba y la veía y la miraba, sin saber muy bien por qué lo hacia, y así lo hice esos 547 días que, multiplicados, podrían dar como resultado, igual (=) 5470 o 10940 minutos de mi, frente a un cuadro del que los críticos de arte no tienen ni puta idea total, como la tengo yo que, aunque nunca supe por qué me obsesione con verlo a diario, sí que lo llegue a apreciar tanto como para intentar robármelo; pero en ese entonces no tenia donde colgarlo, por que la casa que alquilábamos tenia paredes de concreto impenetrables para cualquier clavo de tlapalería.



Pero se me ha ido nuevamente el texto y empecé por escribir algo que ni tenia planeado y por eso me sigo divirtiendo cuando me pongo frente a un teclado. Por que desconozco por completo de lo que puedo escribir. Pero ahora que recordé mis visiones del cuadro de Varo, recordé también ese tiempo “cuando era feliz e indocumentado”. Indocumentado por que en el lugar donde me contrataron solo tuvieron, siempre, mi solicitud de empleo –que supongo tendría datos falsos-, nunca lleve mis demás documentos. Y feliz, por que solo dure 547 días trabajando en ese lugar al que llaman Museo de Arte Moderno y que a mí me sigue pareciendo un edificio viejo y anacrónico. Recuerdo esos días, cuando llovía con sol y yo leía a García Márquez, bajo lo arboles de Chapultepec. Lo leía en una parte encantada del bosque a la que, después, llegue a ir con una novia, hoy esa parte encantada del bosque ya esta marchita, y la novia también. Eso lo recordaba esta mañana, mientras recordaba los minutos que había pasado frente a la “Mujer saliendo del psicoanalista” y hojeaba un ensayo de Vargas Llosa que le dedica a García Márquez y que, entre los que saben pero no todo lo saben, se ha vuelto un libro inconseguible, aunque inconseguibles hay varias cosas y un libro entre tantas más da lo mismo. Pero decir que lo hojeaba es una forma vulgar, la verdad es que lo leía con detenimiento, como leo cuando me siento a leer y no quiero que nadie me moleste, ni se moleste en molestarme. Supongo que con el reciente Nobel de Vargas Llosa se reeditara la obra completa o por partes y este libro circulara nuevamente, no se.


Justo ayer alguien me decía o me preguntaba si recordaba cada uno de los libros que he leído o leí de niño y no tan niño. Le solté sin pensarlo: Sí, recuerdo hasta que ropa llevaba puesta con tal o cual titulo. Y añadí: me gusta saber que no he desperdiciado mi memoria –quizá, en ocasiones, mi tiempo-, por que aun puedo verme leyendo en clases, con el libro entre las hojas del cuaderno, ignorando por completo la clase y sumergiéndome en la historia de la Bovary y jalándole las trenzas a la de la banca de adelante, o leyendo el libro del coronel que siempre espera su dinero prometido, o el cuento del re-escritor (o en todo caso, escritor) del Don Quijote –un exceso leer el Pierre Menard, de Borges a los 15, 16 años, o no tanto-. Y también me veo conversando con gente variada, muchos colores y ánimos. Me veo regresando a altas horas a casa por una calle callada. He cultivado mis ojeras y mis paciencias en fragmentos que son miles de minutos y que puedo contar en una línea o que alguien más puede contarse por mí. Y, eso, es recordar.

jueves, 2 de junio de 2011

Viendome viendo

Hace ya unos años -bastantes, quizá mas de 6 o 7- que tenia una novia de la que ya ni el nombre recuerdo. Nos citábamos a una hora muy temprana, su casa vacía y lo que yo hacia en esas mañanas era contemplarla. Tanto la contemple que me olvide de ella; había en sus ojos y en la forma de su rostro algo inabarcable o que estaba más allá de cierta comprensión racional común, y no tan común. Pero no todo el tiempo me lo vivi en contemplarla y si muchas veces ella era mi pretexto más fiel para salirme de las clases y vagabundear por la ciudad en una hora donde ya todo el mundo -la ciudad ha sido mi casa siempre, todo el mundo- esta "haciendo algo de provecho" . En casa de la novia que yo me dedicaba a mirar y a delinarle otros rostros llegue a conocer cada milímetro de los espacios, espacios a los que les imaginaba otra vida según el tiempo: llegaba a suponer diferentes actividades en diferentes horarios: a las 9 am yo en un estudio observando el librero de su padre; a las 9 pm su padre dentro de ese estudio hojeando algún libro de esos tantos que tenia; a las 3 de la tarde su hermana llegando de la escuela; a las 5 su madre regresando del trabajo, en fin, un sin fin de actividades entre el horario que tiene un día, y un sin fin de actividades que suceden entre esas actividades.
Pero yo me veo aun observando los rasgos tan perfectos de esa novia mía ya pasada y de la que no recuerdo ni el nombre. Y me veo también, aun, en el estudio de su padre (supongo que mientras yo no la observaba ella se estaría dando una ducha o enchinandose las pestañas) entre varios libros. Y me veo, aun, robandome algún libro de su padre, libro que yo suponía ya leído por él y, por lo tanto, solo presente entre los espacios de sus libreros. Y todavía hoy sé que libro era, un libro azul de pastas duras con el nombre en letras doradas, biblioteca de premios Nobel, el año del Premio 68, inolvidable en la historia de esta ciudad -nefasto recuerdo-, libro que bien cabía en la solapa de mi chamarra y que bien no notaría su padre que faltaba o quizá si, no lo sabré nunca. Lo leí con precisión de observador minucioso, sentí cada una de sus letras y la belleza con que estaba contada la historia, o las 3 historias. Al terminar la lectura recapacite mi falta y volví a poner en el librero el ejemplar que por un momento, solo lo que me llevo la lectura, robe. Lo puse en el mismo sitio, como si nunca hubiera sido tocado, solo visto, solo leído, como lo solo leído que fue el rostro de mi novia de la que no recuerdo el nombre, solo visto -no solo su rostro-.
La casa de las bellas durmientes, me fascino por su aliento, su textura nunca completamente abarcable y sin embargo presente en cada visión de cada poro.




En algún momento deje de ver a mi novia, de la que nunca podría volver a recordar el nombre y a la que hoy ya le delineo otros rostros. Y me veo en aquel tiempo vagabundeando, otra vez por la ciudad y entrando a una librería, y me veo abriendo una nueva novela de García Marquez -Memoria de mis putas tristes- y me veo viendo, como epígrafe de esa novela, una cita preciosa de una novela que yo solo pude ver en cada poro, porque que las letras son también la lectura de rasgos precisos y también nunca claros del todo -no tendrían por que serlo-. Y hoy me veo y espero seguir viéndome viendo La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata.