domingo, 30 de mayo de 2010

Memoria de un imitador (¡haber si aprendes!)

En el momento en el que me inaugure este blog sabia que no podía privatizarlo. No quiero que este lleno de mí pero, si de lo mas inmediato que me rodea. Ayer buena parte de la tarde re-escribí, directo de mi cuaderno de notas, una entrada que quería dedicar a The Mars Volta. Todo texto es imperfecto pero siempre se puede re-escribir hasta lograr una toma lo mas fiel a como la queremos.

Hoy por la mañana me visito un amigo que, al tiempo que se parecía a mi cartero personal, me recordó a Copi (Raúl Damonte), el multifacético. Su cara era la misma que aparece en el libro que le acaba de publicar Anagrama en su serie Otra Vuelta de Tuerca. Yo le decía que llegaba en el momento mas inoportuno por que estaba revisando las pruebas de mi novela que quiero que él lea primero que nadie. Le dije también que preparaba una entrada a mi blog dedicada a Javier Marías. Sus ojos se encendieron cuando escucho Javier Marías y abrió su bolsa, una bolsa muy parecida a la que usan los carteros –de cuero de vaca de Soso, donde, dice mi hermano que, las vacas siempre están pachecas-; me extendió una hojas mecanografiadas en maquina de escribir Lettera Oliveti (lo se por que yo he visto su maquina en varias ocasiones y se ha negado a vendérmela). Me dijo que lo había escrito por que no tenía nada más que hacer, pero que si ha alguien le interesaban entonces solo me podían interesar a mí: A ti que te gusta inflarte el ego de novelista, tienes que desarrollarlo mas, aun te falta pedantería aunque, de que eres mamon no hay duda, me dijo. Las hojas –que tengo en original con tachaduras y enmiendas- empezaban sin ningún titulo. Llegue exhausto al punto final, ya no podía agotarme mas en encontrarle un titulo, pónselo tú, me dijo llevándose una mano al pecho con suma pedantería, quizá imitando a un maricon que se dedique al arte. Sin pensarlo escaneé el texto y lo transforme a Word, me impresiono la cantidad tan excesiva que tenia de faltas de ortografía, una obra maestra (ya dudo en darle a leer mi novela, opto por el doctor Pueblita).
Al corregirlo y leerlo por primera vez entendí el guiño. Antes de irse le pedí que me autografiara el original, saco un lápiz e imitando a Dalí me dejo un rayón enorme en mi mesa de trabajo que solo se descifra si se pone la dedicatoria de las hojas, como armar un rompecabezas de una pieza. La dedicatoria decía: ¡Haber si aprendes! Lo que no se es que tengo que aprender. Transcribo a continuación el texto que he titulado:


Memoria de un imitador

Siempre he buscado en los artistas que admiro similitudes de sus manías, fobias y filias que pudieran tener dialogo directo con las mías, siempre que las encuentro se terminan mezclando y olvido cuales eran las mías y cuales las de mi admirado maniático fóbico artista que, quizá no lo era tanto, antes de que yo terminara viéndolo tan obsesivo como lo soy yo en verdad, termino apropiándome de todo y de cada gesto de una forma tan teatral que los mas allegados a mi terminan por no hablarme en un buen tiempo.

En alguna ocasión me propuse ir a romper algún vidrio en la quinta avenida de New York como lo hizo en su día Dalí por que habían alterado su obra (gesto que, dicho sea de paso demuestra la total defensa por la obra original), la amiga con la que iba me advirtió de que si yo realizaba mi imitación, ella misma me entregaba a la policía, aquello me emociono todavía mas al imaginarla como Gala, en aquella ocasión tan daliniana, llorando por su amor tras los barrotes de la prisión, pero mi condición de simple visitante y el contexto de la actual historia norteamericana y su fobia solo me harían quedar en el olvido de alguna nota periodística como un mexicano que, con trastornos mentales intentara un acto terrorista de tan bajo presupuesto, además claro, de que no poseo de la fama ni del dinero que hizo que Dalí saliera al poco rato e inmortalizara ese acto como la defensa de su obra, alterada por los compradores. Mi amiga con la que había pasado noches de sexo sin freno, se fue, abandonándome en un hotel de mala muerte en el Bronx, haciéndome sentir incomprendido y utilizado –sexualmente hablando-, pero le agradecí, mentalmente, el gesto de dejarme bajo la lámpara del buro de la habitación mi boleto pagado para regresar a la Ciudad de México, añadiendo una nota que me hizo sentir peor: buen sexo, pero estas loco, no se puede saber en quién te convertirás mañana, ahora necesito tiempo para saber quien soy yo, ¡eras tan normal hace unos años!


Baje del avión después de leer en el vuelo un cuento de Javier Marías “La dimisión de Santiesteban”, donde un fantasma se lleva a su mundo a un mortal que no pudo con su curiosidad de saber que se sentía ser fantasma. Baje del avión sintiéndome el tercer fantasma o imaginando que a los otros dos me los traía a mi mundo real, ósea que bajamos los tres del avión para percatarnos de que nadie nos esperaba y que quizá lo mas sensato era, como todas las tardes que no tengo nada por hacer y me gusta complicarme el mundo ir a alguna librería; tomamos un taxi. Opte por ir a la librería “Un lugar de la mancha”, ubicada en el otro extremo de la ciudad (con referencia de que estaba en el aeropuerto); el trafico y el ruido eran tan parecidos a ese ruidoso Bronx que sentí que no me había movido en ningún instante de mi país. Tan solo a mi llegada a la librería sentí unas ganas totales por entrar al baño, como si el viaje me hubiera removido las tripas o los fantasmas hubieran habitado mi cuerpo sin mi consentimiento y temerosos de la ciudad (en el cuento eran apacibles fantasmas ingleses) y decidieran salir por mi culo en una forma que imagine totalmente diarreica. En el baño cuide de no salpicar mi equipaje recordando ese excelente libro de Sergio Pitol “El Viaje” donde un vagabundo al querer levantarse del piso no lo logra ya que se resbala constantemente por estar embadurnado de sus miserias. No lo niego, sentí afecto por aquel viejo y no dude en imitarlo, pero mis visitas a esta librería, son tan constantes que para mi próxima visita me hubieran denegado el acceso.


Librado de mis fantasmas repase los estantes pero vi que ni un solo libro llamaba mi atención. Sentí que el buen gusto de esta librería había cedido a los caprichos de los lectores vulgares y corrientes. Había pilas con títulos tan deleznables: las crónicas vampíricas que demuestran el gusto horrendo con el que los jóvenes están aprendiendo a leer (si es que saben leer, por que yo dudo que algo así se pueda leer); las novelas históricas de las que siempre me he pitorreado, por que: ni son novelas ni son historia. Pero más me hizo enojar no poder llevar a cabo mi happening de no poder salir del baño por resbalarme constante mente con mis miserias, como aquel viejo que viera Pitol en Rusia.


Sentí el peso de la ciudad y un vacio en el estomago. Prendí “el móvil” (como le dice mi amigo Javier Gurruchaga al teléfono celular; bueno, en España así le dice cualquiera pero yo he hecho siempre esa impostura para decirlo como lo hace “el barón de mondragon”) y llame a mi amigo el escritor Allan Herrera, el cual me había dejado un mensaje en el buzón diciéndome que estaba por terminar su novela, de la cual me venia hablando por años y ya me empezaba a hartar la mención de una novela de la cual no había visto yo ni una sola pagina. Estoy por terminar la novela, llámame, quiero que seas el primero en leerla, decía el mensaje y se quedaba una canción de fondo que me pareció ser “Ellos las prefieren gordas” ¡Coincidencia! Pensé, Orquesta Mondragon volvía a aparecer en mi mente. Después pensé que no lo era tanto por que Gurruchaga también es amigo de Allan, se hizo amigo de él un día, en que, paseando juntos por el Callejón de la Condesa, a la caza de algún libro, lo señalo diciendo que era el vivo retrato de Cantinflas, el genial mimo que siempre quise imitar pero nunca pude. Termine cediéndole los derechos a Allan a quien yo ya conocía desde la preparatoria por su tendencia a babear y a recitarles poemas de Rainer Maria Rilke a las chicas que también a mi se me antojaban. Allan se creyó tanto su papel que hasta consiguió una navaja enorme como la que saca Cantinflas en “El Bombero atómico” y decía tener una corbata que su abuelo intercambio con el mismísimo Cantinflas. Su teléfono marcaba ocupado o fuera del área de servicio. Por un momento pensé que me pudo haber seguido hasta Nueva York con tal de que leyera su mentada novela, de la cual sigo sin tener puta idea, por que, aunque ya lo he visto varias veces después de mi regreso del Bronx no ha vuelto a hacer mención, mas que para decirme que, se inauguro un blog, lo cual me importa una mierda, por que soy un pendejo para manejar una computadora. Si por algo nos hemos llevado bien no es por nuestro intercambio intelectual sino por esa tendencia que también tiene él para imitar personajes: además de Cantinflas tiene otros tantos, aunque algunos de menor rango. Un día me dijo: Verdad que soy el retrato de Frida Kahlo. Pero yo, al verlo y percatarme de que ¡era cierto! no quise ilusionarlo más que aquella vez en que Gurruchaga lo descubrió como Cantinflas y solo lo mire con la ternura que se mira una mascota recién nacida: Estas mal, le dije, mira que estas mal. Me levante de la mesa al más puro estilo Mauricio Garcés y le dije: Debe ser terrible tenerme y después perderme, mientras me paraba pero solo para encender mi cigarro, volverme a sentar y confirmar que en verdad era la copia de la esposa de Diego Rivera.


He tenido las experiencias mas extrañas con mujeres que piensan que soy actor o que soy estúpido (por mi genio para relatar ustedes juzgaran que no tengo ni pista de ingenuo) y aunque no puedo negar que me gusta hacerme pasar por Alain Delon o Steve McQueen, a quien en verdad me parezco es al primer Eastwood, Clint Eastwood, y entonces acudo a las presentaciones de libros de amigos vestido al mas puro estilo western, como aquella donde Álvaro Enrigue presento sus “Vidas Perpendiculares” y debido a la poca difusión de su imagen me confundieron con él intuyendo que por su literatura excéntrica, su personalidad seria como iba vestído yo aquel día. Pero cuando les indique que el autor estaba llegando, dijeron: ¿y usted no piensa escribir un libro?


Volví a ver a la amiga que me abandono en New York (si, la sigo considerando mi amiga a pesar del abandono, ya estoy acostumbrado). La vi hace dos días. Yo me preparaba para salir a la inauguración de una galería. Nunca me ha gustado la pintura pero si las señoras que se hacen pasar esos lugares de mariconería y por muy doctas en teoría artística y lo único que buscan son chamaquitos como yo, para agasajarlos libidinosamente de cualquier capricho (vienen a ser algo así como el modelo, señor rabo-verde, pero en señora). Me preparaba vistiéndome de una forma extremadamente parecida al chippendale –moñito al cuello y tanga de elefante incluidos-. Sonó el timbre, que programe para que sonara como aves meridionales. Abrí la puerta y mi amiga se aventó a mis brazos llenándome la cara de besos: te amo, discúlpame, te amo, discúlpame. Repitió diez veces o mas esa cantaleta que yo no entendía. Cerré la puerta. Diez minutos después salió corriendo gritando que estaba loco. Yo me quede en el marco de la puerta, con la verga tiesa y el elefantito sonriendo.

sábado, 29 de mayo de 2010

The Mars Volta o la inmortalidad de la muerte




I NEED A SANCTUARY IN THE PAGES OF THIS BOOK

Mi cabeza se quebró y todos los fragmentos que quedaron dispersos, se reunieron, mi percepción cambio. Fue justo lo que me ocurrió una madrugada donde el insomnio se apodero de mí, fue justo lo que me ocurrió cuando escuche por vez primera a The Mars Volta. No recuerdo muy bien (entiéndase que mi cabeza sufrió mil quiebres esa noche) pero fue de un canal de televisión de donde vino todo: el sonido, la imagen. No atendí nada en el mundo, no dormí. La canción me confirmaba: Now I'm lost. Me reencontraba con esa perdición. Al no tener nada, lo tenía todo. Era como si al escuchar ese coro (aun me sucede) y saberme perdido, paradójicamente, me diera cuenta de que en verdad existía. Me ha sucedido mas adelante, en el transcurso de una vida de estar perdido, ese síntoma de estar y no estar o mejor, de ser y no estar, como dice Vila-Matas; me ha sucedido con la mejor literatura, con el mejor cine, con el mejor teatro y con las artes que no pueden pertenecer a ninguna clasificación por que, son ese punto donde el humano deja de serlo para ser su propio ser. Si Marcel Duchamp decidió convertir su propia vida en obra de arte, entonces yo había encontrado en la perdición el encuentro de mis fragmentos: convertirme en todas las obras, ser todos los filmes, saberme escrito en todas las paginas de la literatura, ver mis obras teatrales representarse en mi realidad; y todas las motivaciones de la locura lucida o de la lucidez delirante, me habían llegado por una canción que, me confirmaban su parte final: You’ll never know. Nunca sabrias nada de la literatura que es una puta, ni del teatro total impostura, las imágenes vistas de tu cine serian tan efímeras que, cada imagen sucedida te regeneraría en interpretaciones infinitas. Eso si, serias el primero y el ultimo en enterarte de tu nacimiento y tu muerte. Estas pintado de rojo, eres tu sangre, eres una arquitectura construyéndose, construida e ignórate (past present and future tense), eres un cuaderno de notas y la tinta en metamorfosis. Inertiatic ESP con su introducción, Son et lumiere, fue la primera canción que escuche de The Mars volta, la primera de un disco que, en conjunto, me recuerda mucho a “El Mago de Viena”, de Sergio Pitol, donde todas las cosas están en todo. El hilo argumentativo del disco es el estado comatorio de Julio Venegas (amigo intimo de los creadores de la banda Omar y Cedric, muerto en 1996), un trance donde 60 minutos y 51 segundos, que dura el disco, enligan un tiempo que puede ser lo que dura un coma (relativos los tiempos de las enfermedades) y permite la narración a los amigos que inmortalizaran la muerte en una pagina de concreto que se convertirá en sonidos. Desde que tuve por primera vez en las manos el disco y vi las dos portadas intercambiables me intereso mucho esa donde el cerebro esta floreando bajo el mar; un amigo me dijo que era la misma cara la del disco y la mía, yo pensé que era el mismo cerebro, el cerebro de la portada y mí cerebro de aquella noche en que termino partiéndose y reintegrándose, aquella noche donde me entere que, estaba perdido y escucharía a los leprosos de este tiempo de vulgaridades. Esa noche me respondí todo sabiendo que, cada libro necesita un santuario para cada pagina y para cada letra que ha sido escrita, que se esta escribiendo y que se escribirá con la tensión de saber que, es la ultima cosa que recuerdo ahora (The last thing I remember now).

sábado, 15 de mayo de 2010

Un encuentro con El Mago (Pitol es mi maestro)



En La Notte de Antonioni todo gira en torno a una conferencia. Giovani Pontano, el escritor que interpreta el admirado Mastroianni tiene que acudir a una conferencia de su más reciente libro (nunca sabemos de qué trata el libro y su titulo lo vemos entre líneas, las entre líneas de un film). Ahora que me he inaugurado un blog y que intento saber bien como sirve, me doy cuenta de que, en cierta proporción, me ha dejado reflejar lo que vi en una conferencia y de que esta se me va convirtiendo en una especie de dietario por partes, un tríptico de esta conferencia que, a diferencia de la conferencia de Pontano que es todo el pesar que recorre los fotogramas del filme, mi conferencia o mejor, la conferencia de Vila-Matas (y que nunca sabremos si fue un pesar, aunque lo intuiríamos como impostura de su más admirado film, también La Notte) empieza ya a girar entre la farsa, la excentricidad y la oblicuidad; tres elementos que, por azarosos y mezclados, permitirían ver reflejados en un espejo los elementos de lo que alguien podría definir como, el parecido más cercano a Sergio Pitol, el mago que en mitad de la conferencia decidió aparecer para (y con toda razón) ser aplaudido y ovacionado, además de presentado en automático por Juan Villoro: En estos momento va llegando nuestro maestro Sergio Pitol...

¿Que hubiera sentido Pitol de haber conocido, aunque fuera por instantes, a sus más admirados escritores en un momento especifico? ¿Que hubiera sentido de saber que en determinado momento hubiera tenido tiempo de intercambiar, aunque fuera breve, un dialogo con alguno de ellos? Si esas preguntas me las hicieran a mí sin duda me quedaría solo con mi propia versión, válida para mí y que me llevaría a la tumba, sin más. Nunca sabremos que hubiera hecho Pitol, pero de que pudo conocer a alguno no hay duda. A mí se me aparece tanto la emoción en este instante que escribo, que, quizá, cometa un pecado en la misma escritura, aunque bien visto, no me importaría mitificar mas a alguien que, por mi parte, considero como una figura imprescindible de mi vida, de mi quehacer, de mi mundo, Sergio Pitol.


De este mago hemos aprendido que, Todo está en todas las cosas. Basta saber que, si por un lugar entro la modernidad de occidente es por las traducciones tan citadas de Pitol. No hay, que yo sepa, otro ejemplar tan parecido a Sergio Pitol que Sergio Pitol. El mismo Vila-Matas, en el breve dialogo que tuvimos, y donde como una casualidad le dije que, eran los dos escritores que no podían tener mejores biógrafos (Vila-Matas biógrafo de Pitol y viceversa) concluyo, a modo de dialogo portátil: Pitol es mi maestro


¿Y en dondé entierro mi silla?

Dos razones me mueven a relajarme y alterarme en esta entrada. La primera es que escribo desde una silla que quizá se ocupo en alguna oficina de algún centro de inteligencia secreto de los usa (con minúsculas, no me importa), teorizo esto porque, paseando por las calles de la Ciudad de México mi madre entro a un local donde vendían toda clase de muebles y de entre todos me llamó para que la acompañara a traer a casa una silla que en su parte trasera porta aun una etiqueta que dice: property of united states administration. Y a todo esto, me he quedado con la silla anterior, la vieja silla donde he escrito muy poco de lo tanto que he escrito en otros lados alejado de la incomodidad de mi silla (ahora ya mi silla vieja). Lo curioso es que de una circunstancia determinada siempre giran a nuestro alrededor motivos totalmente ajenos a esa primera circunstancia. En la pasada conferencia de Enrique Vila-Matas en Ciudad de México me encontré con otro escritor que si no exagero (aunque sé que soy todo un experto en el arte de la exageración) es el mejor del Distrito Infernal, perdón Federal: Álvaro Enrigue. De entrada creo que ni nos saludamos. Sigo sin encontrar El cementerio de sillas, le dije en medio de nuestros diálogos recortados por los diálogos ajenos y que siempre son más interesantes que lo que decimos nosotros mismos.
Pero encontré Virtudes Capitales, dije también, algo así como si no es Chona es Juana. Álvaro menciono que él no sabía si eran buenos sus cuentos de Virtudes Capitales. Yo le replique diciéndole que, eso no importaba por que el que los leía era yo y que ciertos datos de esos cuentos encajaban o coincidan con algunos datos de mi propio alrededor o que así los suponía. En fin, quizá por que iba un poco drogado (véase la foto de ese mismo día donde estoy junto a Vila-Matas, ¡que cara tengo!) pude recordar que había visto dos tomos de El cementerio de sillas en la biblioteca José Vasconcelos. Sin pensarlo Álvaro me dijo, pues vamos a chingárnoslos o, me los voy a chingar o, tú te quedas con uno yo con otro; total se entiende y se entiende que yo iba algo drogado como para recordar que me dijo con exactitud. Le pregunte si en verdad él no lo tenía, me parecía el colmo que ni el mismo autor tuviera su libro y me dijo que, aunque había cuidado mucho el suyo en una entrevista que le hizo Silvia Lemus para la tv esta le dio baje y... ni modo de reclamarle o tú te avientas, concluyo Enrigue. No recuerdo si nos despedimos y no supuse que el día de hoy iba a pensar, en verdad, de las dos formas, la literal y la literaria, en que uno puede llegar a necesitar de un cementerio de sillas.

martes, 11 de mayo de 2010

Blogginesca


Por momentos Shandy, por momentos Bartleby

En la ciudad (nerviosa) de México la visita del escritor español (por ponerle una nacionalidad; él mismo se adopta mexicano en un ensayo a Juan Villoro: ‘A un escritor con dos casas para siempre’), llego con impaciencia. Uno de los escritores más vivos, dentro y fuera de la literatura, en este momento. La visita para la presentación de su más reciente libro, Dublinesca. De los libros de Vila-Matas, editados por Anagrama en su mayoría; y compilaciones de artículos y conferencias en Alfaguara o Sexto Piso, Dublinesca es editado por Seix Barral. Desde Dietario Voluble, amigos shandys, preludiaban un bartlebysmo de nuestro escritor, yo les consolaba imprimiéndoles los artículos que, desde España o de algún lugar en un viaje vertical; de alguna cámara destinada a escritores (recordando a su admirado Walser), escribe siempre. Ellos, ahora lo entiendo, se rehusaban a leerlo en un ordenador, querían (queríamos) un libro. La historia de Dublinesca se centra en esto “el fin de la imprenta”. Ahora sabemos que no sabíamos nada de nuestro escritor nada bartleby en el momento en que así lo imaginábamos. Quizá, por que, al escritor, le viene constantemente una pasión por desaparecer y reaparecer para asegurarnos que los libros no desaparecerán (ser y no estar). Ser y no estar, la sustancia principal de los libros de Vila-Matas: la pasión por la negritud, el arte de la insolencia, el funcionamiento de una maquina soltera.


Pero nos dejaba la tarea de la relectura, que es el momento de más acción en la tarea de un lector tan en activo como nos ha formado este dandi. También la forma en que nos ha convertido en más dandis y shandys de lo que ya éramos. Leyendo a Vila-Matas no podemos ser humildes lectores y me acuerdo de esa ocasión que platica Cesar Aíra cuando, al cruzar una calle, un transeúnte lo increpa saludándolo, pero Aíra no lo reconoce:


-Usted no me conoce pero yo si, soy un humilde lector suyo –le dice el transeúnte.


-Entonces no es un humilde lector, ¡usted es un lector de lujo! Humildes pobres, los lectores de Coelho o Isabel Allende –concluyó en ese cruce Aíra, por supuesto, arrancándole una sonrisa a su lector de lujo.


Si la modernidad de la literatura más selecta nos entro a mis amigos y a mí gracias a Sergio Pitol y a sus traducciones; la selección mas acertada de autores nos ha entrado siempre también, por Vila-Matas. Nos han convertido en lectores de lujo.


Dublinesca es una novela tan excesivamente literaria (en el mejor sentido de la expresión) que de tan plagada de claves directas del Ulisses, de Joyce nos comprueba que, la condición del escritor esta en explorar ese abismo que solo las grandes obras tienen con el lenguaje y la materia total dentro de sus palabras. Esta Becket también, un fantasma tan palpable que se convierte (se eclipsa, como dijo Juan Villoro en la Shandy-presentación), en el capitulo tercero –julio- para transformar la sintaxis de la novela. Samuel Riba es un personaje de carne y hueso, decían que mis personajes nunca eran de carne y hueso, expreso Mr. Shandy (Vila-Matas), convirtiendo su dialogo en lo mas vilamatiano de la tarde, un dialogo que, intuyo, es la prueba de la ficción mas encauzada en la realidad y de la realidad (carne y hueso) mas encauzada en la ficción.


A la salida de la librería, donde se llevo a cabo la conferencia (y que por un momento sentí como la ampliación directa del Shandy Hall ingles), sentí la ciudad más nerviosa, tanto como la sintiera Roberto Arlt. Quizá fue que esos nervios se debían a la paradójica tranquilidad que me daba tener un libro en las manos y saber que el réquiem de su interior era una canción a su existencia. Por que Samuel Riba no hubiera dudado en añadir en su catalogo Dublinesca, quizá el genio que lo creo era el genio que él buscaba.