viernes, 15 de marzo de 2013

Perdidos tripulantes





   
La nave bajo lentamente levantando un polvo pesado de años. Las luces metálicas lograron ir descubriendo el alrededor a distancia, no mayor a tres o cuatro metros. Esperaremos horas para poder descender de la nave, pensó uno de sus tripulantes, sin expresarlo, sin emitir sonido alguno. La nave era rustica, sin parafernalia, una nave de uso común que había desviado su ruta y había logrado soportar el ingreso a una nueva atmósfera sin saber qué atmósfera era la que penetraba en picada, directo a su desmembramiento. Pero la nave logro soportarlo todo y equilibrar su vuelo. El tren de aterrizaje funcionaba con normalidad y tan pronto fue despejándose la nube de polvo de las ventanas de la cabina y del alrededor en general, los pasajeros observaron atónitos el lugar de su llegada, vieron edificios y una columna con lo que parecía un ángel en su parte más alta, un camino de tierra y polvo con deshechos por todos lados, objetos que bien podrían haber sido naves en otros tiempos en este lugar, naves aun más rusticas que la de estos tripulantes perdidos y vivos. La atmósfera era favorable y decidieron salir para descubrir qué era este lugar, hoy inhabitable. En una esquina se leía, entre letras oxidadas y lo deshecho del letrero que contenía esas letras: Ciudad de México. Pero los tripulantes no entendían el idioma de esa escritura.                     

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