domingo, 20 de noviembre de 2011

sábado, 19 de noviembre de 2011

Un gato de Monsiváis





 En una edad muy adolescente yo trabaje en el Museo del Estanquillo. Estaba recién inaugurado, y su primera exposición “En orden de aparición” atraía a todos los tipos de especímenes, a toda la flora y fauna, del D.F.
En aquel entonces (hace tan solo unos años) la calle Francisco I. Madero aún era transitable y los autos circulaban por ahí. Los niños eran lindos, Santa Claus aún no bajaba tanto de peso, mantenía su sobrepeso estándar, y México todavía no se convertía en un apiladero de cadáveres. Yo no necesitaba ni un centavo por que era feliz mientras menos tuviera. Lo único que me importaba era leer, ver cine y salir en la noche a fiestas y bares del mismo centro. En los bares o cafés por lo regular uno platicaba de los libros y de las películas que se acumulaban en casa y a las que había que poner atención. Yo era, como escribe Hemingway: muy pobre pero muy feliz. En el museo la paga era casi un chiste porque el trabajo también lo era. Tenía que guiar a visitantes extranjeros y hablar, en mi ingles-champurrado, del orden de las salas y de las prohibiciones: no tocar las figuras, no llevarse de souvenir ninguna foto y no comer chocolate amargo en el segundo piso.
El día se pasaba muy rápido porque todo en el museo era fascinante, cada figurita de la propiedad de Monsiváis cobraba vida propia y se unía al desmadre de todos lo que ahí trabajábamos. Y por eso era fácil ver entre los pasillos a María Félix fajoneandose con el Indio Fernández o a Benito Juárez culpando a Porfirio Díaz y a Cantinflas afilando una navaja enorme. Fuera de eso, todo era normal. La gente visitaba el museo, extrañamente, para ver objetos que eran la cotidianidad tan solo 50 o 100 o 150 años antes. Eso era lo fascinante, estar rodeado de cotidianidad. Y Monsiváis en su vida no hizo otra cosa, aunque haya quien crea que era un súper intelectual –que lo era- que no soltaba el libro nunca –que lo hacía- pero, Monsiváis era –y en todos sus textos lo será infinitamente- un escritor de la cotidianidad y cuando digo esto todo parece sonar a que la cotidianidad es lo que pasa cuando no pasa nada. Monsiváis, un poco a contrapelo de Perec, era un escritor donde la cotidianidad es lo que pasa cuando todo en ese mismo instante sigue y está pasando.
Yo siempre había tenido la percepción de que había dos Monsiváis. Uno que vivía la cotidianidad en la calle, entre puestos de libros usados, conferencias, platicas, entrevistas; que estaba en todos los actos y prólogos posibles. Y otro, que permanecía en su casa de la colonia Portales, escribiendo, observando todo el cine posible, leyendo todos los libros que se hayan escrito, acariciando sus 1001 gatos, dándoles de comer y platicando con ellos de Walter Benjamin o de Juan Gabriel. Los dos Monsiváis, para mí, siempre fueron los patrones del museo donde yo trabajaba –unos patrones de lujo, se mire como se mire-. Y el día que los pude ver, a los dos juntos, comprobé que, en verdad, eran solo uno.
A Monsiváis yo lo leí, y lo sigo haciendo, como un discípulo fiel. Igual que como leo a Pitol o a Javier Marías o a Bolaño. Monsiváis creó un nuevo género de escritura, un género de escritura imaginativa donde la realidad es el requisito indispensable. Toda la maquina-monsi funciona libre a partir de los métodos más precisos y atentos. Pero el lector de Monsiváis no lo percibe por que los textos, dependiendo de su ligereza o densidad, hacen reír a carcajadas cada dos párrafos (a veces cada dos palabras). A veces no todo es cómico, en ocasiones es en realidad un drama, una problemática aguda, y entonces esa risa, es la risa del miedo y de la miseria en que estamos. Una risa donde las lágrimas están por estallar.
“Los ídolos a nado” es una compilación de textos Monsiváisianos hecha por Jordi Soler que, junto a Vila-Matas & CO., pertenece a la “Orden del Finnegans” (secta de adoradores de Joyce). Tiene el mérito de ser un libro póstumo que cruzo el océano –a nado, es obvio- para llegar a los países ibéricos, donde todos se preguntaban: ¿Quién es Monsiváis? ¿Por qué las calles de la ciudad de México se desbordan para velar a un escritor?
No lo conocían, y se impactaban de ver lo que la ciudad estaba viviendo el día de su fallecimiento. El mundo no concebía que una ciudad despidiera de esa manera el cuerpo de un escritor. Yo visite su casa por esos días y los vecinos habían pegado toda clase de carteles en la fachada. Las muestras de cariño y admiración eran generales. La gente, aunque nunca lo hubiera leído, lo tenía (y lo tendrá) muy presente en ese sitio donde él había hecho lo suyo: en la cotidianidad de un país donde el apocalipsis ya ocurrió y nos seguimos riendo.                                                      
                

jueves, 17 de noviembre de 2011

Kasabian Vlad the impaler


Nadie conoce a Copi




Después de E.V.M., de Bolaño, de mi amigo Uriel y de mí, no conozco a nadie -y cuando pienso en nadie, pienso de verdad en la verdadera NADA-  que haya leído o que lea a Copi: Raúl Damonte Botana. Vila-Matas lo leyó por que le tradujo una obra –y por más anécdotas que de él acumulo-. Bolaño lo leyó porque Bolaño leía todo y sabía distinguir lo excéntrico esplendoroso. Mi amigo Uriel porque se topó con un libro de él en el museo del estanquillo y se lo robo. Y yo, porque nadie nunca se llama Copi y escribe un libro con ese nombre estampado en él y hace, además, que esos libros sean geniales –cuando ocupo la palabra GENIAL lo digo desde mi más profundo corazón oxidado-.
¿¡Porque putamadre nadie ha leído a Copi!?  
No lo sabremos nunca y quizá la cosa no cambie. Le decía a Uriel, que a este paso, y si no conocemos todos a Copi, las ratas pueden salir y tragarnos los testículos o los pezones derechos y escupirlos en el retrete de la abuelita de cualquiera. O puede suceder algo peor. Puede suceder que, si no leemos a Copi, empecemos a padecer de disfunción eréctil con fuertes espasmos de viruela. Ahora, después de que nos ocurra esto a todos en el mundo, ya no tendrá caso leer a Copi, porque entonces, Copi habrá pasado a formar parte de la literatura realista más recalcitrantemente estúpida y será como una telenovela del canal dos: con putas y travestidos tratando de tragarse las cucarachas del lavadero y recitando poemas en arameo a las viejitas, que en el último momento, son boxeadores negros con vergas enormes. Si se acaba el mundo ya no tendrá caso leer a Copi.
Pero como no creo que eso ocurra –porque eso solo ocurre en las ficciones de Copi, y el mundo deja y vuelve a existir ahí donde está la escritura de Copi- tenemos que leer a Copi, porque el mal humor está destripando a nuestros preciosos niños y a nuestros apestosos viejos. Tenemos que hacer algo por terminar de dinamitar a esa perra que unos llaman LITERATURA, tenemos que sepultarla y para eso solo existe alguien que pueda ayudarnos y se llama COPI.
Por que sépanlo amigos míos, la literatura me importa un vil carajo. Tenemos que destrozarla, estoy hasta los huevos de literatura. Bien me vendrían unas vacaciones en Miami o en las Bahamas, pero no. Soy consciente de este caos y me quedo aquí. Para destruir a la literatura. Dejemos ya de pensar que la prosa tiene que ser aromática. Dejemos de intentar bajarle los calzones a nuestra novia con linda prosa. Dejemos ya de ser literatura. Leamos a Copi y dejemos de leer los subtítulos de las películas, porque eso no nos dice nada, eso no sirve para destruir a la literatura. Para eso solo sirve Copi, y yo no dejo de leerlo porque quiero que en el mundo no quede rastro de esa perra LITERATURA.
Por otro lado, si alguien se ha tomado todo lo anterior enserio espero no haberle herido la sensibilidad, no era mi propósito. Mi propósito era decirles que si leen a Copi podrían entrar a formar parte de la NADA que es donde verdaderamente se encuentra el ALGO. Y la verdad es que no sé qué significa eso que acabo de escribir. Al fin, y si alguien llego hasta acá, solo me queda decirle, con una sonrisa que me emociona: nadie conoce a COPI.                                        

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Children of Sanchez


Ciudad Matadero





A Enrique Pérez Huerta, mi hermano

Conocí el infierno hacia 2009. No tenía dinero, ni un clavo, y un amigo me hablo. Contrataban a personas que se encargaran de poner anuncios en las tiendas, anuncios banales de paletas de hielo. Te daban un mazo y clavos –de menos ya tenía uno y más clavos, no es broma- te subías a un coche. Un coche de súper lujo, con aire acondicionado y estéreo de bocinas potentes. Le agradecí a mi amigo la llamada después de llenar mi solicitud de empleo, y me subí al coche que me asignaron. Nunca me ha costado trabajo hacer relaciones con la gente y ser sociable. En el auto que me asignaron había dos muchachas de 17 y 19 años y dos tipos con la cara recia, los tipos no eran ni de 17 ni de 19, calcule que tendrían, uno entre 28 y 29, y el otro entre 32 y 35, años. Así que éramos 3 hombres y dos mujeres, ellas también con su mazo y su bolsa de tela con clavos. Los anuncios de aluminio estaban apilados en la parte de atrás. Saque un cigarrillo y tan pronto iba a prenderlo el conductor, el que parecía de 28 años me miro a los ojos y me dijo: Quémalo y nos carga la chingada a todos, el coche no es mío, pregunta antes de moverle algo, si vas a bajar el vidrio pregúntame antes. Asentí, porque uno asiente siempre en un empleo donde te acaban de contratar y porque te sientes como una cabra caminando sobre hielo en esos momentos. La muchacha de 17 me miro he hizo un gesto de hastío, como si lo que me acababa de decir el chofer fuera una exageración. Cruzamos ciudad de México de polo a polo hasta llegar al oriente. En el camino las cosas se suavizaron, el chofer coloco un cd de Deftones y el copiloto, el que parecía de 35, me entrevisto para darse una idea de cómo podríamos organizarnos de manera que el trabajo fuera rápido y lo termináramos pronto, desconfiaba de las chicas, no les tomaba importancia, como si fuera yo el único con el que se entendiera y ellas solo estuvieran ahí.
Ese año yo me había hecho novio de una amiga de la preparatoria y hacíamos el amor todas las noches en su casa que estaba a veinte minutos en coche de la mía. Y aunque esto no tiene que ver con la historia que cuento, creo que fue una de las cosas que me llevo a buscar un trabajo para, de menos, ir con ella por las noches al cine y después, lo sabíamos los dos, regresar a su casa y hacer el amor hasta casi amanecer. Pero mi trabajo en una sucursal infernal no duro demasiado tiempo y me las ingenie –más adelante, no recuerdo cómo- para, de cualquier modo ir a ver películas de Tarantino a la cineteca, con ella y yo como únicos espectadores y sin parar de besarnos a mitad de la sala vacía.
Cruzamos la avenida Zaragoza y de ahí ya no recuerdo como nos fuimos internando en calles laberínticas. Un laberinto que conducía a otro laberinto en lo que el chofer bajaba el sonido del estéreo y dentro de mi cabeza, como un tatuaje cerebral, ya comenzaba a sonar la trompeta de Chuck Mangione interpretando Children Of Sanchez, una canción que suena a la ciudad o una ciudad que se escucha como esa canción. La ciudad de México es lo bastante amplia e interminable como para pensar que alguien que dice que la conoce toda, solo está mintiendo por tratar de quedar bien con alguien o por tratar de tranquilizar su alma ante el desbordamiento inminente. La ciudad de México no la conocerá nunca nadie porque los lugares que se pueden ver nunca aparecen en ninguna guía, no aparecen en ningún registro, no están localizables por nadie y se llega a los precipicios más abrumadores por un azar que es pacto entre vivos, muertos y almas en pena.
La chica de 17, al bajarnos del auto me pidió un cigarrillo, a la de 19 le extendí la cajetilla pero rechazo agradeciendo. Me lleve un cigarro a los labios y lo encendí después de ofrecerle fuego a la de 17.
-¿Cómo te llamas?
-Abigail
De la otra nunca supe el nombre y supe poco de ella porque era muy callada y respondía con gestos más que con palabras. El copiloto, que se veía llevaba tiempo en el trabajo de clavar letreros, tan pronto bajo del auto se puso unas gafas oscuras de electricista y dijo:
-Espero no se espanten por lo que van a ver.
Las palabras no me predispusieron, aunque las desproporciones del lugar ya presagiaban algo inevitable, algo de mal aroma y de tristeza callejera.      
Yo llevaba tenis superfaro y mezclilla cómoda, siempre he vestido cómodo y solo en cenas presuntuosas y “falsas” uso zapatos. Me puse el mazo entre el cinturón y el pantalón y me amarre la bolsa de clavos, también al cinturón. La chica más callada, la de 19, muy activa, comenzó a bajar los carteles que decían algo así como “Refréscate de volón” y traían, en colores fluorescentes, la marca de las paletas, que ya no recuerdo cuál era.
Caminamos varias cuadras, bajamos por un túnel, los tianguistas vendían chatarras: radios descompuestos, encendedores sin chispa, retretes desarmados y un sinfín de objetos irreconocibles, por el uso y por el desgaste. Los altavoces de una camioneta voceaban una crema que quitaba, seguro y después de un uso constante, durante una semana: callos, hongos, uñas enterradas, pie de atleta y otro sinfín de infecciones o problemas cutáneos muy disimiles unos de otros. La vendimia y el calor sofocante, el griterío y los alta-voces me hicieron pensar en estupideces. Justo como pasa en los centros comerciales, muy pomposos –o que pretenden pomposidad-, en eso no se diferencian: los ruidos que crean son solo motores de distracción para privar de razón al que transite, y eso, creo, es muy sabido desde siempre, es un método de venta y un método de crear pensamientos estúpidos como los empecé a pensar yo. Un secuestro de facultades en medio del atolladero recalcitrante. Seguimos caminando un poco más y llegamos a un mercado con el techo de lámina, desbaratado por el tiempo y el óxido. Deje de tener lógica del lugar en el que estaba. Recordé a mi novia y la vi en todas las posturas sexuales que hacíamos, me vi con ella y veía también, en mi realidad, cabezas de pollo en los tenderetes de tubos sucios. Supuse que la gente lavaría cualquiera de esos pollos antes de ponerlos en su mesa –de tener mesa- asados o hervidos, pero también sabía que mis suposiciones no tenían por qué ser reales siendo una zona –el oriente de la ciudad- donde siempre ha faltado agua y ganas de lavar los pollos. Seguimos ingresando y el espectáculo comenzó a cobrar aspecto, comenzó a cobrar vida el espanto. La peste, el olor fétido era insoportable, nauseabundo. Recordé a mi novia y los besos en el cine, la recordé sin sexo, la vi tierna y cariñosa comiendo un helado y gritando que me amaba y que le fascinaba hacer el amor con música de Elvis Presley de fondo. Pero eso solo duro segundos. El de 35, nuestro “guía” y que parecía conocer el lugar, volteo para decirnos: No es por aquí, tenemos que rodear los puestos de pescado. Íbamos cargando todo. Abigail me pidió que encendiera otro cigarro, aunque no lo fumara. No entendí por qué quería que hiciera eso. En esos momentos no entendía yo nada de lo que hacía. Ni porque estaba en ese sitio, ni por que comencé a sentir terror de la nada o de los puestos con animales sucios expuestos para su venta. De cerdos destazados que apestaban, no ha cebo, sino a muerto podrido. Pensé que ese mercado era de viseras para muertos, que los muertos acudían aquí, porque aquí surtían su alacena y la sangre que corría por el piso era un aderezo muy apetitoso si uno ya estaba muerto y deseaba acompañar con algo su pollo sucio y desplumado. Pero tampoco quiero exagerar porque los momentos que viví podrían tornarse cursis si yo cuento realmente lo que vi. Quizá porque he escuchado en pláticas que: “la realidad se queda corta con la ficción”, y sé que es verdad. Pero también sé que este relato no es ficción y que las palabras que ocuparía –relatado con toda realidad- por fuerza serían muy fuertes y por ende: increíbles. Por eso ya solo diré que los pasillos angostos del mercado, sucios y descuidados eran paredes de animales, los animales muertos hacían la estructura de los pasillos. Uno tenía que esquivar reses, borregos, cerdos, y –cuando por fin llegamos al mentado pasillo- pescados. El olor del pescado que siempre me ha gustado –aunque sea muy fuerte y a veces, lo reconozco, muy desagradable si no se prepara uno a recibir el tufo- fue el peor de todos los olores, porque el pescado nunca había tenido esa peste tan insoportable para mí. La chica de 19 que llevaba los carteles de aluminio se tapó con su suéter así como un Tuareg se cubre el rostro en medio del desierto y a través del suéter me dijo –y fueron las únicas palabras que le oí-: Ya no quiero estar aquí. Pensé que yo tampoco, que el terror no era terror por estar ahí. No era un terror dantesco –aunque la ambientación del lugar lo pareciera -, era terror por el asco, un asco insoportable, como beber vomito ajeno y tratar de sonreír al mismo tiempo. Coloque varios letreros en estanquillos del mercado en los que había que preguntar: ¿no se desgaja este pedazo? Y clavaba con fuerza, al primer mazazo entraba el clavo industrial y cada letrero era una afrenta. Por estúpido que parezca, al clavar letreros uno se volvía más cabrón por soportar la peste, uno curtía la nariz y entonces todo lo demás, eran niñerías. Entendí que la gente de ese lugar estaba habituada a la variedad de pestes, que era algo así como cuando alguien que no fuma entra a un lugar de fumadores y recibe la bofetada de olor y que todo era simple costumbre en medio de la miseria, porque en medio de cada infierno las pestes son variables…                                                                                                         

Vertigo Hitchcock


lunes, 14 de noviembre de 2011

Nirvana - Radio Friendly Unit Shifter (MTV Live & Loud)


Sabanas de cocaína




 No sé ustedes pero yo opino que los escritores de hoy debemos preocuparnos más por ser estrellas de rock. Digamos que los escritores de “pipa y pantuflas”, como los llama Juan Villoro no me importan nadita, Juan Villoro por ejemplo, es una estrella del rock, unido, además, a su estrellato de un crack del futbol, él tiene las dos y además es un excelente cuentista (alumno de Monterroso, no era para menos). Pero casos de escritores que se toman tan enserio su papel y se les nota la cara metamorfoseada por tantas lecturas inútiles, esos casos no me importan, como Volpi o Aguilar Comin o Rafael Lemus o varios más que, supongo, solo se la pasan frente a un libro –por lo regular malos libros- y reciben cheques de Gobernación por algún artículo –y por lo regular malos artículos lambisconeros-. Pero no nos pongamos pesados, que yo, publicidad gratuita no brindo ni pretendo brindarles a los escritores que no soporto (incluso estoy por borrar el nombre de Volpi y el del otro y el otro, o tal vez no, admírelos, véanlos en entrevistas, da igual, los olvidaremos pronto), todo lo contrario que si hago con los que me encantan y que no dejo de elogiar cuando sé que hay verdadera literatura. Pero la literatura no importa, cuando hay verdadero rockstarismo, desplante, ceño fruncido, drogadicción y guitarras eléctricas, entonces ahí: sí hay literatura, también donde hay sexo, balas y valses de quinceañeras, y más literatura si la quinceañera es ninfómana. Pero en fin, lo que en verdad importa es que el escritor no pertenezca a su escritorio y a sus lápices, cualquiera se sienta a ver moscas y a sacarle punta a los lápices. Y no, aclaro, nos empecemos a confundir, la literatura de “la onda”, no es lo mío eh. Si acaso, y eso depende de cómo amanezca de humor; respeto, y solo de vez en cuando, a Parménides García Saldaña, que tuvo la fortuna de morir joven y volverse leyenda –algo muy rockstar ¿no?- ah y también escribió “Pasto Verde” (la menos anacrónica de todas las novelas anacrónicas de “la onda”), pero a Jose Asustin  y a los demás –que no nombrare, pero que saben quiénes son- puedo decirles que no pierdan el sueño, que gracias a Dios no los recordaremos nunca, Amen.
 Por los infrarealistas –hablo de los verdaderos, no de los que, después de “Los detectives salvajes”, quisieron “subirse al tren”-, que siguen dando tumbos de un lado a otro y que son lo más vivo de la literatura mexicana actual creo que sobrevivirán en el colectivo como seres que, estando entre nosotros, nos pusieron las más perfectas y verdaderas bombas en el culo y ni nos dimos cuenta, hablo de: Bolaño, de Mario Santrago Papasfritas –como lo llama mi amigo Jose Franscico Zapata-, los hermanos Mendez –no confundir con los Menedez, aunque por ahí va la cosa-, Pedro Damian y Jose Francisco Zapata, que tuve el infortunio de conocer tan bien y por lo que me siento tan agradecido con la vida bla, bla, bla. Pero la literatura del rockstar no acaba ahí, aún hay más. Pero relájese, póngase comodo y fúmese un porro conmigo que esto va empezando, esto que lleva leído fue solo la obertura, como la de “2001: Odisea del espacio”, a continuación vienen los madrazos entre monos y ya llegaremos a cuando la máquina que creamos adquiera vida propia y nos aniquile. O si gusta deje hasta aquí su lectura, vaya a dejar a los niños a la escuela y revise que, antes que llevar libros, lleven armas de grueso calibre, nada de cuchillos ni mariconadas de esas, una Magnum gruesa entre el emparedado y los lápices “mapita”, o de mínimo una Remington semiautomática, ya seguiremos conversando en un instante, yo voy a escuchar algo de música y a intentar ligarme a la vecina que esta buenísima, y que, desde donde escribo esto, veo que  anda caminando como danzarina  medieval “con su look de tubos, al más puro estilo de la vecindad”. Vaya y nos vemos en un instante. No se sienta comprometido a escucharme, que yo no me siento comprometido a decirle lo que tengo en la cabeza, que no es mucho, los rockstars no pensamos tanto.
(6 horas después)
No sé porque me dejo, aquí solo y con la cabeza para reventar, usted es un maldito desgraciado sin escrúpulos, inútil, imbécil lector. Bueno no es verdad, estaba bromeando. Entienda, estoy drogado y no había hablado con usted en 6 horas, que no es mucho (la verdad creí que ya ni regresaba) pero que me hace pensar en todo lo que quería decirle y que ahora se me ha hecho un licuado mental. Pero no se levante. Aquí estoy recordando que le hablaba de los escritores que me importan un carajo por que no son estrellas de rock, sino que son solo nerds-ratas-de-biblioteca. Y tenga por seguro que yo en la vida me he parado en una biblioteca, pero vaya a ese anaquel y encontrara todos los discos ordenados de la A a la Z: todo ahí es ROCK. O no sé, quizá encontrara discos de todo, sobre todo narco-corridos, también. Los escritores que más me interesan, ya olvide cuales son. Podría nombrarle unos cuantos, al azar, pero sería olvidar a los que más me interesan y que son los que considero rock, puro rock-literatura. Pero mire, la verdad ya estoy alucinando y la memoria me puede jugar malas pasadas y puede que usted se esté tomando muy enserio lo que yo le estoy diciendo. Algo que le agradezco pero que me tiene sin el menor cuidado. Mejor vigile que nadie borre lo que llevamos escrito. Vi las líneas del principio y la verdad me entraron ganas de ir al baño: voy a vomitar toda la literatura que he consumido, usted sígale, no tardo…                                          

Desconocer el desierto





Directo: Daniel Sada es el escritor que queremos ser todos y que al mismo tiempo: tanto miedo nos da ser: es el escritor que sabe que aún hay: lectores de verdadera literatura. Alumno de Salvador Elizondo: no es para menos. Daniel Sada escribe los libros que quiere leer él –y eso es lo que alguien que escribe siempre quiere que suceda-: a partir de la escritura que confecciona: la tragedia del desierto: la tragedia de todos nosotros: la risa de nuestras tragedias en el desierto: el desierto con nuestras risas a mitad del miedo: LITERATURA.  A la vista: está más que claro que Sada es el mejor escritor mexicano en activo: A la vista y Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, junto con Casi Nunca: son una completa escuela Sadiana: los requisitos para ingresar a este curso son: leer a Sada y desconocer el desierto.        

Beady Write


sábado, 5 de noviembre de 2011

Cumpleaños 293 de Tristram Shandy



A Noemi Escalera C, por que sí.

En el capítulo 5 de esa novela de novelas, de ese “portento de novela”, como la califica mi maestro Sergio Pitol se lee lo siguiente: El 5 de noviembre de 1718, fecha que para el caso era tan cercana, a los nueve meses naturales, aparecí yo, el caballero Tristram Shandy, en este nuestro ruin y desastroso mundo. Yo hubiera preferido nacer en la luna o en cualquiera de los planetas (salvo Júpiter o Saturno cuyo clima no resultaría soportable), pues no podría haberme ido peor en ellos (no me pronunciaré acerca de Venus) que en este vil y cochino planeta que, en mi sentir, -sea dicho con el mayor respeto- me parece hecho de los desperdicios, retales y retazos de todos los demás.”

Por ese principio de capitulo y por ser quien es el personaje, no puedo más que celebrarlo como se debe. Mi personaje de novela, el personaje que más veces he leído como en forma de espejo, porque a veces creo ser yo mismo Tristram Shandy y me imagino nacer cada 5 de noviembre pensando que me deberían de celebrar, bien celebrados, mis 293 años, justo ahora, y que es la edad que cumplo.  Los 5 de noviembre Laurence Sterne me entinta el alma y mis fanáticos olvidan –a veces, y como es común olvidar: de que numero se calza-mi cumpleaños, - o como se olvida darle alpiste a las aves o cuerda al reloj-.

En fin, no soy Tristram Shandy pero Tristram se parece mucho a mí o me parezco mucho a él, no importa,  y no importa porque justo ahora que me pongo a pensar quien se parece a Tristram me da también por pensar  en quien trajo, a mi lengua, su gran novela –la gran novela de Laurence Sterne-: Javier Marías, y aunque hay otras traducciones (una en Akal y otra en Catedra) la que yo he utilizado para mis fines didácticos, lucrativos y de orden moral-autodidacta es la de él, que edita Alfagura y que posee, además, los “Sermones de Yorick”.  La de Catedra que fue la primera que me cayó en las manos solo hizo que se me incrementara la miopía y que se intelectualizaran mis primeras intenciones para con Tristram –un error gravísimo, de los que soy maestro en cometer- . La versión de Marías, simple y sencillamente: es la mejor. Ya lo dice Bolaño en una platica por chat con Ricardo Piglia: “Habria que hacer una lista de traductores de primer orden donde entrara Javier Marías con el “Tristram Shandy” o Sergio Pitol con “Las puertas del paraíso”, de Jerzy Andrzejewski””. Piglia le responde diciendo que el puro proyecto sería arduo, y después ya no sé qué más le dice Bolaño, pero debe ser algo muy interesante y burlón, tal como era Bolaño, o más bien: el comentario siguiente de Bolaño debió haber sido “alegre, voluble y chiflado”. Era shandy, de los que después hablo Vila-Matas -¿fue Vila-Matas?, bueno: Vila-Matas nunca es Vila-Matas, en fin- al pie de página en el prólogo de su Historia abreviada de la literatura portátil (HALP, por sus siglas en cualquier idioma): “*Shandy, en el dialecto de algunas zonas del condado de Yorkshyre (donde Lawrence Sterne, el autor de Tristam Shandy, vivió gran parte de su vida), significa indistintamente alegre, voluble y chiflado.”  En  Yorkshyre, dentro del Shandy Hall y, para los shandys en el Templo Mayor de Ciudad de México (como titulara Juan Villoro un ensayo dedicado a HALP) yo creo, “alegre, voluble y chiflado” significan, indistintamente: shandy. (¡Que trabajo me ha costado todo este párrafo y eso que mucho mío no hay en él, pero que difícil fue ordenarlo, creo que mejor será llegar ya al siguiente párrafo, tan solo hay que cerrar este paréntesis, poner un punto y dar un espacio para el siguiente párrafo).

Muy bien, lo logramos juntos. Sigamos celebrando a Tristram Shandy. Y pasemos al siguiente párrafo, otra vez, nuevamente, nada más por que sí.

Y aunque llevo todo el día escribiendo esto, todo el día 4 de noviembre de 2011 y ya son las 12:55 am: ya es 5 de noviembre de 2011 y me doy cuenta que solo llevo una página y media de disparates que bien se podría haber escrito en 20 minutos o en los 55 que van del cumpleaños de Tristram con una prosa más cuidada y más comprensible para ustedes queridos amigos, pero, no nos hagamos, eso no es lo mio, ni lo de Laurence Sterne, mi maestro. Y por eso cuando alguien me dice: “No entiendo que tratas de decir con lo que escribes”, siento una felicidad recóndita que nunca exteriorizo pero que significa: ¡Gracias, lo logre! Siento felicidad y también siento como que una ventana, de esas de guillotina, me hace la circuncisión de un tajo, pero sobre todo siento felicidad.     

(Y justo cuando escribí lo de la guillotina, me encontré, entre mis libros, una versión inglesa del Tristram Shandy, para ser exactos el número 36 de la Brittanica Great Books, pero eso no importa, como no importa nada de lo que llevo escrito, por que es el cumpleaños de Tristram, y en los cumpleaños todos se tragan su orgullo y festejan al cumpleañero aunque no lo conozcan y sean unos colados en la fiesta). 

Son las 5:39 de la mañana y he tomado mucho café, estoy en el Shandy Hall.  Soy Laurence Sterne y aún no ha nacido Trismigesto…Trismegisto…Tristramgisto…Tristram…, es hora en que por fin lo invite a que conozca este vil mundo. Por otro lado, si llego a conocer a alguna Eliza no dudare en “enamorarme locamente de ella”. Mi esposa –la otra Eliza-, que en verdad está loca, no sabe lo que es “enamorarse locamente”. Pretendo –también- que, algún día, digamos dentro de unos dos siglos, un escritor regiomontano que se llame Alfonso Reyes me defina de la siguiente manera: “Se vivió la vida enamorado”, que traduzca mi “Viaje Sentimental” (que aún no he escrito) y que también, un tal Allan Herrera, se imagine de mí lo que quiera, sera mi alumno.  

Son las 5:49 de la tarde de este 5 de noviembre de 2011, estoy mirando el crepúsculo. El lado hacia el que mira mi habitación del 5to piso me regala ese espectáculo. A 1n Kilometro i ½ , de esta ventana en la que estoy, y mirando de frente, está el WTC de Ciudad de México. Veo, desde aquí, recargado en la cornisa de la ventana, y donde tengo recargada la computadora, que el restaurante gira, no sé si la gente al salir vomite lo que ingirió dentro, lo más seguro es que sí, porque la velocidad de ese restaurante es sorprendente: es la velocidad de las tazas en las ferias, o los volantines en el parque, la velocidad con la que los fórceps sacaron la cabeza de Tristram de la #&=?"! de su madre y le destrozaron por siempre la nariz. O es que no se la destrozaron, como decimos aquí: “la libro”. Y se salvó –es obvio- porque  vivió para contar todo acerca de su nariz. Yo también tendré que platicarles, con más calma, acerca de mi nariz –pues comparto, con Tristram, el ser de nariz Shandiana-.

Acabo de revisar lo anterior escrito acá arriba –todo- y también mi nariz en el espejo –sí definitivamente shandiana-, y como creo que estas son las líneas que darán comienzo, ya por fin, y en verdad, para el cumpleaños número 293 de Tristram Shandy, quiero asegúrame de que sepan y se enteren muy enserio que Laurence Sterne, nació el 24 de noviembre de 1713, por lo que solo fue 5 años más grande que Tristram y quizá fueron vecinos o hasta se saludaban desde sus carreolas. Yo que soy del 25 de noviembre no puedo más que pensar que nací un día después que mi maestro y en 1985, para que no se empalmaran los festejos que vienen dentro de 19 y 20 días, respectivamente.

Pero bueno -nevermind-, el dia de hoy es el cumpleaños de Tristram y a él es al que hay que celebrar por lo que ya va siendo tiempo de que, en verdad, de comienzo lo que les tenía anunciado sobre el cumpleaños de Tristram Shandy, y que es lo siguiente: