sábado, 29 de octubre de 2011

Un desfiladero que asciende y desciende (RE-Bolaño)




 Roberto Bolaño es el más perfecto- imperfecto maestro, aunque el titulo sea pomposo o demasiado común, es el más sincero. Por Roberto Bolaño circulan las literaturas de todo el mundo, son un activo constante, una exploración interna y quizá más allá de lo interna, sin dejar de perder el perfil de la realidad-real, que es a la que hay que darle la cara cuando se cierra el libro y recomienzan los madrazos o las caricias, lo que es vivir. Pocos autores -y cuando creo que son pocos hasta los puedo mencionar: Vila-Matas, Pitol y Javier Marías- tienen ese poder persuasivo por contagiar lecturas, por fascinar a leer determinados libros, por devorarlos y volverlos a leer, por releerlos y releerlos en la relectura. Ahora, no creo que Bolaño haya concebido su obra y la fascinación por diferentes autores como una maquinaria sujeta e inalterable, todo lo contrario. Si en algo se empeña la obra de Bolaño es, en no estar sujeta a sitios placidos desde la cual se pueda desmenuzar. La obra de Bolaño se puede disfrutar, leer y releer, hasta el aterramiento, pero si se disecciona entonces la obra se tornara camaleónica, cambiara de color, se camuflajeara y se burlara con una sonrisa de oreja a oreja, sardónica, para el crítico o analizador. La obra de Bolaño no está hecha para la academia por que las rebeliones internas la bombardean. Pero esos asuntos espinosos no era de lo que yo iba a tratar, quizá me he desviado tanto de lo que iba a tratar que lo tendré que replantear en dos palabras: Bolaño incita a leer lo mejor que el hombre y la mujer han dado a la literatura y eso, es peligro puro, un peligro en medio del gozo, muy parecido a un amor secreto o a un reto que se supera afrontando los miedos. Si tan solo alguien –supongo que a estas alturas ya lo habrá hecho algún fan- se diera a la tarea de enlistar a los autores nombrados por Bolaño (los que él leyó, los que son rastreables, no los inventados “fake” –que son tantos más y nos llevaría a otro ajuste de cuentas dentro del mismo Bolaño-) la lista serian varias hojas. Contrario a lo que se menciona continuamente, eso de que Bolaño no elogiaba a otros autores o de que a muy pocos elogiaba o de que se la pasaba maldiciendo a autores más bien me hace pensar y suponer que meditaba muy bien a quien elogiar. Él, se nota inmediatamente en cualquiera de sus textos, relee mucho a quien le gusta y a otros autores, otros que le gustan o interesan, o que le empiezan a gustar a partir, no de sus dotes, sino de sus fisuras; los somete a una prueba durísima: saber que son tan buenos como no lo menciona el canon. Por supuesto, una vez que lo hace va a mencionar a esos autores indefinidamente: en cartas, en cuentos-ensayo-conferencia, por medio de personajes apócrifos, en entrevistas (escritas y de tv), y va a hacer lo posible por asegurar que esos autores logren una posteridad, sino de masas sí de sectas donde un nuevo ejército de lectores se enfrente y se revolucione, again  y de diferente forma, frente a un texto que, en medio de la excentricidad reconoce siempre a su lector. Un lector que es a su vez un poco como lo fue él mismo Bolaño que, como un alto mando de ejercito re-ordeno coordenadas para, sucesivamente, ser reordenadas por nuevos y muy diferentes lectores, lectores recargados de Juan Rodolfo Wilcock, de Georges Perec, de Marcel Schwob, de Borges, de Borges, de Borges, de Cesar Aira, de Copi, de Pitol, de Kafka, de Daniel Sada, de E.V.M., de Robert Walser, de Shakespeare, de Lautremont, de Rimbaud, de Baudelaire, un desfiladero interminable –y quizá la lista la hice por gusto propio, un breve quiebre bolañesco-; un desfiladero que asciende y desciende, que abre puertas para tan pronto cerrarlas, una exploración de la literatura por rozar la vida con una sonrisa terrorífica en los labios.                            

sábado, 22 de octubre de 2011

4 Nanocuentos, o cuatro cuentos enanos.

El aire la lleva

La vieja abrió la puerta, quito la aldaba que la cerraba y la hacia balancear por los girones de aire esporádicos. Entro a la habitación y vio sobre una mesa compartida el tomo y su canto dorado que brillaba –las tres partes visibles de las hojas en un libro-. En un girón más de aire –aire interminable- se sintió aventada aún más dentro "Mis huesos se empiezan a parecer al polvo", pensó sin preguntarse porqué lo pensaba.  A lo lejos y a través de las cuatro paredes penetra el sonido de autos y siente, de la nariz hasta intoxicar los pulmones, el humo viciado y los aromas viscerales que, al llegar a la habitación cree o intento  haber dejado atrás –el olvido y su recuerdo-.

Ciego

En vista de su ceguera, lleva la mayoría de veces una bolsa llena de dinero, donde mezcla la arrogancia y el desprecio, propios de su condición de pobre. Desistió hace tiempo de lo que nunca tuvo –abandono la quimera de su anhelo, teniendo a la mano su inescudriñable bolsa (sabido es por todos el contenido visto desde fueras como su inconexa persona que mal nos maltrata a todos).

Misterios sin misterio

Soy de la generación que iba en la primaría, en la secundaria y en la preparatoria cuando el ataque al WTC; cuando “Se destriparon los edificios”, así me lo dijo mi hermana –que ese día estaba en la primaria- :“En la escuela hoy nos pusieron todos los edificios destripados”. De la generación que va del asesinato de Lennon a la caída del sistema en el proceso electoral del 88 -un misterio, parecido a los misterios esos donde todos saben que: es un misterio sin misterio –yo no estuve, pero lo sé. Misterios que cambian el rumbo.  Hay misterios placenteros y otros terroríficos. Naci en el 85 dos meses después del terremoto en la ciudad.

Sali sin ver

Llego y se sentó junto a ella. Se miraron a los ojos sin adivinarse nada. Él pidió un café americano. Cuando la mesera se lo trajo, él siguió sin prestarle atención a ella, pero se sentía observado. Ella rompió las bolsitas de papel que contenían el azúcar, vacío los dos sobres sobre el cappuccino espumoso y lo batió deshaciendo la espuma. Él saco un cuaderno de tapas negras y marco dos líneas sobre hojas que ya tenían escritas y escritos, quizá anteriores. Cerro el cuaderno, dio dos tragos al café caliente y salió de la cafetería.