lunes, 1 de agosto de 2011

Nunca ser escritor

  


Hace unos años que me pongo frente a la hoja en blanco sin saber que voy a escribir. Justo ahora opero bajo ese sistema. No conozco absolutamente, nada. Busco ese momento de la misma manera que alguien, al sentarse a escribir, busca concentrar sus ideas, para tratar de expresar lo que siente o lo que quiere desarrollar y ya conoce a la perfección -perfección de copión-.
Lo hago como una manera de conocer mi texto al igual que lo va conociendo el lector; lo hago por eso y porque nunca me importo mucho lo que pudiera decir, cuando las cosas concluyen -si es que concluyen-. Nunca me interesaron muchos los cuentos donde el final es obvio, donde la serie de circunstancias las puede hilvanar el lector y dar por terminada a la mitad de la lectura o tan solo al empezarla, o desde el principio mismo. Quizá por que uno después se convierte en lector que caza teorías y formas -ocupación inútil donde las haya- pensando que sus textos se pueden ver influenciados por tal o cual autor (y cuando uno se da cuenta que la influencia existe y es visible trata hasta con las uñas de evitar eso: por eso digo que es una ocupación inútil).
Uno cree que escribiendo bien se lograra algo como: cambiar el mundo o hacer que la caja de cigarrillos te la regalen en la tienda. Pero eso nunca pasa, por si alguien lo cree, nunca pasa. Después uno escribe porque quiere salir en la COSMOPOLITAN del mes y tampoco sucede, y después uno sigue escribiendo porque así determina uno su miseria junto a la de los demás. O uno escribe porque puede abrirse un blog y decir lo que se le plazca, sin que tenga mucho sentido lo que va hilando y que a esta altura, o ya embauco al lector, o ya extermino a ese hipotético lector. Pero mi caso no solo es el antes mencionado, me gusta escribir por de aquí que salen mariposas amarillas o ratas de alcantarilla o los burócratas se vuelven cucarachas -he leído que hacen todo eso la mentada especie de escritores-. También escribo porque en la década de los 50, hablo de la futura década de los 50, la academia Sueca quedo en darme el premio Nobel; la única condición que me impusieron era que no dejara de escribir. Que escribiera lo que quisiera, pero que acumulara letras, así como los coches acumulan kilómetros y las putas o putos enfermedades venéreas. Me dijeron, en un idioma apenas entendible: Escribe maldito imbécil mexican, palabras más-palabras menos. Después me compre varios cuadernos de notas y apunte, como imbécil, todo lo que me viniera en gana. Esto, igual que los jinetes desgastan caballos, desgasto a mi familia y desgasto a una o dos novias, que, para el caso, no aportaron mucho a este su futuro premio Nobel (unos cuántos follones recuperadores, si acaso). Pero después me harte de seguirles el juego a esos académicos y opte por escribir porque me place y porque no sé hacer otra cosa (esto es mentira: sé pintar casas, clavar cuadros, imprimir un millón de veces la palabra: CLARITINE, componer canciones infantiles, jugar con los hijos de mis amigos y bajarle la novia a los envidiosos, ah…, y también se vender libros, repartir periódicos, atender una caja de banco, robarla, vender droga, consumirla, soportar poetas -por esto deberían de pagar doble la jornada-, hacer alebrijes, entrevistar estúpidos (as), tomar fotos con cámara digital y retocarlas en el camino a casa, amar a las feas y ridiculizar a las guapas -o viceversa-, vender litografías, enamorarme, leer -a veces- y no sigo: sé hacer todo, menos operaciones matemáticas: me aburre permanecer sentado mucho tiempo sin llegar a nada) porque, cuando escribo, intento ser-nunca escritor.