sábado, 19 de noviembre de 2011

Un gato de Monsiváis





 En una edad muy adolescente yo trabaje en el Museo del Estanquillo. Estaba recién inaugurado, y su primera exposición “En orden de aparición” atraía a todos los tipos de especímenes, a toda la flora y fauna, del D.F.
En aquel entonces (hace tan solo unos años) la calle Francisco I. Madero aún era transitable y los autos circulaban por ahí. Los niños eran lindos, Santa Claus aún no bajaba tanto de peso, mantenía su sobrepeso estándar, y México todavía no se convertía en un apiladero de cadáveres. Yo no necesitaba ni un centavo por que era feliz mientras menos tuviera. Lo único que me importaba era leer, ver cine y salir en la noche a fiestas y bares del mismo centro. En los bares o cafés por lo regular uno platicaba de los libros y de las películas que se acumulaban en casa y a las que había que poner atención. Yo era, como escribe Hemingway: muy pobre pero muy feliz. En el museo la paga era casi un chiste porque el trabajo también lo era. Tenía que guiar a visitantes extranjeros y hablar, en mi ingles-champurrado, del orden de las salas y de las prohibiciones: no tocar las figuras, no llevarse de souvenir ninguna foto y no comer chocolate amargo en el segundo piso.
El día se pasaba muy rápido porque todo en el museo era fascinante, cada figurita de la propiedad de Monsiváis cobraba vida propia y se unía al desmadre de todos lo que ahí trabajábamos. Y por eso era fácil ver entre los pasillos a María Félix fajoneandose con el Indio Fernández o a Benito Juárez culpando a Porfirio Díaz y a Cantinflas afilando una navaja enorme. Fuera de eso, todo era normal. La gente visitaba el museo, extrañamente, para ver objetos que eran la cotidianidad tan solo 50 o 100 o 150 años antes. Eso era lo fascinante, estar rodeado de cotidianidad. Y Monsiváis en su vida no hizo otra cosa, aunque haya quien crea que era un súper intelectual –que lo era- que no soltaba el libro nunca –que lo hacía- pero, Monsiváis era –y en todos sus textos lo será infinitamente- un escritor de la cotidianidad y cuando digo esto todo parece sonar a que la cotidianidad es lo que pasa cuando no pasa nada. Monsiváis, un poco a contrapelo de Perec, era un escritor donde la cotidianidad es lo que pasa cuando todo en ese mismo instante sigue y está pasando.
Yo siempre había tenido la percepción de que había dos Monsiváis. Uno que vivía la cotidianidad en la calle, entre puestos de libros usados, conferencias, platicas, entrevistas; que estaba en todos los actos y prólogos posibles. Y otro, que permanecía en su casa de la colonia Portales, escribiendo, observando todo el cine posible, leyendo todos los libros que se hayan escrito, acariciando sus 1001 gatos, dándoles de comer y platicando con ellos de Walter Benjamin o de Juan Gabriel. Los dos Monsiváis, para mí, siempre fueron los patrones del museo donde yo trabajaba –unos patrones de lujo, se mire como se mire-. Y el día que los pude ver, a los dos juntos, comprobé que, en verdad, eran solo uno.
A Monsiváis yo lo leí, y lo sigo haciendo, como un discípulo fiel. Igual que como leo a Pitol o a Javier Marías o a Bolaño. Monsiváis creó un nuevo género de escritura, un género de escritura imaginativa donde la realidad es el requisito indispensable. Toda la maquina-monsi funciona libre a partir de los métodos más precisos y atentos. Pero el lector de Monsiváis no lo percibe por que los textos, dependiendo de su ligereza o densidad, hacen reír a carcajadas cada dos párrafos (a veces cada dos palabras). A veces no todo es cómico, en ocasiones es en realidad un drama, una problemática aguda, y entonces esa risa, es la risa del miedo y de la miseria en que estamos. Una risa donde las lágrimas están por estallar.
“Los ídolos a nado” es una compilación de textos Monsiváisianos hecha por Jordi Soler que, junto a Vila-Matas & CO., pertenece a la “Orden del Finnegans” (secta de adoradores de Joyce). Tiene el mérito de ser un libro póstumo que cruzo el océano –a nado, es obvio- para llegar a los países ibéricos, donde todos se preguntaban: ¿Quién es Monsiváis? ¿Por qué las calles de la ciudad de México se desbordan para velar a un escritor?
No lo conocían, y se impactaban de ver lo que la ciudad estaba viviendo el día de su fallecimiento. El mundo no concebía que una ciudad despidiera de esa manera el cuerpo de un escritor. Yo visite su casa por esos días y los vecinos habían pegado toda clase de carteles en la fachada. Las muestras de cariño y admiración eran generales. La gente, aunque nunca lo hubiera leído, lo tenía (y lo tendrá) muy presente en ese sitio donde él había hecho lo suyo: en la cotidianidad de un país donde el apocalipsis ya ocurrió y nos seguimos riendo.                                                      
                

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