miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ciudad Matadero





A Enrique Pérez Huerta, mi hermano

Conocí el infierno hacia 2009. No tenía dinero, ni un clavo, y un amigo me hablo. Contrataban a personas que se encargaran de poner anuncios en las tiendas, anuncios banales de paletas de hielo. Te daban un mazo y clavos –de menos ya tenía uno y más clavos, no es broma- te subías a un coche. Un coche de súper lujo, con aire acondicionado y estéreo de bocinas potentes. Le agradecí a mi amigo la llamada después de llenar mi solicitud de empleo, y me subí al coche que me asignaron. Nunca me ha costado trabajo hacer relaciones con la gente y ser sociable. En el auto que me asignaron había dos muchachas de 17 y 19 años y dos tipos con la cara recia, los tipos no eran ni de 17 ni de 19, calcule que tendrían, uno entre 28 y 29, y el otro entre 32 y 35, años. Así que éramos 3 hombres y dos mujeres, ellas también con su mazo y su bolsa de tela con clavos. Los anuncios de aluminio estaban apilados en la parte de atrás. Saque un cigarrillo y tan pronto iba a prenderlo el conductor, el que parecía de 28 años me miro a los ojos y me dijo: Quémalo y nos carga la chingada a todos, el coche no es mío, pregunta antes de moverle algo, si vas a bajar el vidrio pregúntame antes. Asentí, porque uno asiente siempre en un empleo donde te acaban de contratar y porque te sientes como una cabra caminando sobre hielo en esos momentos. La muchacha de 17 me miro he hizo un gesto de hastío, como si lo que me acababa de decir el chofer fuera una exageración. Cruzamos ciudad de México de polo a polo hasta llegar al oriente. En el camino las cosas se suavizaron, el chofer coloco un cd de Deftones y el copiloto, el que parecía de 35, me entrevisto para darse una idea de cómo podríamos organizarnos de manera que el trabajo fuera rápido y lo termináramos pronto, desconfiaba de las chicas, no les tomaba importancia, como si fuera yo el único con el que se entendiera y ellas solo estuvieran ahí.
Ese año yo me había hecho novio de una amiga de la preparatoria y hacíamos el amor todas las noches en su casa que estaba a veinte minutos en coche de la mía. Y aunque esto no tiene que ver con la historia que cuento, creo que fue una de las cosas que me llevo a buscar un trabajo para, de menos, ir con ella por las noches al cine y después, lo sabíamos los dos, regresar a su casa y hacer el amor hasta casi amanecer. Pero mi trabajo en una sucursal infernal no duro demasiado tiempo y me las ingenie –más adelante, no recuerdo cómo- para, de cualquier modo ir a ver películas de Tarantino a la cineteca, con ella y yo como únicos espectadores y sin parar de besarnos a mitad de la sala vacía.
Cruzamos la avenida Zaragoza y de ahí ya no recuerdo como nos fuimos internando en calles laberínticas. Un laberinto que conducía a otro laberinto en lo que el chofer bajaba el sonido del estéreo y dentro de mi cabeza, como un tatuaje cerebral, ya comenzaba a sonar la trompeta de Chuck Mangione interpretando Children Of Sanchez, una canción que suena a la ciudad o una ciudad que se escucha como esa canción. La ciudad de México es lo bastante amplia e interminable como para pensar que alguien que dice que la conoce toda, solo está mintiendo por tratar de quedar bien con alguien o por tratar de tranquilizar su alma ante el desbordamiento inminente. La ciudad de México no la conocerá nunca nadie porque los lugares que se pueden ver nunca aparecen en ninguna guía, no aparecen en ningún registro, no están localizables por nadie y se llega a los precipicios más abrumadores por un azar que es pacto entre vivos, muertos y almas en pena.
La chica de 17, al bajarnos del auto me pidió un cigarrillo, a la de 19 le extendí la cajetilla pero rechazo agradeciendo. Me lleve un cigarro a los labios y lo encendí después de ofrecerle fuego a la de 17.
-¿Cómo te llamas?
-Abigail
De la otra nunca supe el nombre y supe poco de ella porque era muy callada y respondía con gestos más que con palabras. El copiloto, que se veía llevaba tiempo en el trabajo de clavar letreros, tan pronto bajo del auto se puso unas gafas oscuras de electricista y dijo:
-Espero no se espanten por lo que van a ver.
Las palabras no me predispusieron, aunque las desproporciones del lugar ya presagiaban algo inevitable, algo de mal aroma y de tristeza callejera.      
Yo llevaba tenis superfaro y mezclilla cómoda, siempre he vestido cómodo y solo en cenas presuntuosas y “falsas” uso zapatos. Me puse el mazo entre el cinturón y el pantalón y me amarre la bolsa de clavos, también al cinturón. La chica más callada, la de 19, muy activa, comenzó a bajar los carteles que decían algo así como “Refréscate de volón” y traían, en colores fluorescentes, la marca de las paletas, que ya no recuerdo cuál era.
Caminamos varias cuadras, bajamos por un túnel, los tianguistas vendían chatarras: radios descompuestos, encendedores sin chispa, retretes desarmados y un sinfín de objetos irreconocibles, por el uso y por el desgaste. Los altavoces de una camioneta voceaban una crema que quitaba, seguro y después de un uso constante, durante una semana: callos, hongos, uñas enterradas, pie de atleta y otro sinfín de infecciones o problemas cutáneos muy disimiles unos de otros. La vendimia y el calor sofocante, el griterío y los alta-voces me hicieron pensar en estupideces. Justo como pasa en los centros comerciales, muy pomposos –o que pretenden pomposidad-, en eso no se diferencian: los ruidos que crean son solo motores de distracción para privar de razón al que transite, y eso, creo, es muy sabido desde siempre, es un método de venta y un método de crear pensamientos estúpidos como los empecé a pensar yo. Un secuestro de facultades en medio del atolladero recalcitrante. Seguimos caminando un poco más y llegamos a un mercado con el techo de lámina, desbaratado por el tiempo y el óxido. Deje de tener lógica del lugar en el que estaba. Recordé a mi novia y la vi en todas las posturas sexuales que hacíamos, me vi con ella y veía también, en mi realidad, cabezas de pollo en los tenderetes de tubos sucios. Supuse que la gente lavaría cualquiera de esos pollos antes de ponerlos en su mesa –de tener mesa- asados o hervidos, pero también sabía que mis suposiciones no tenían por qué ser reales siendo una zona –el oriente de la ciudad- donde siempre ha faltado agua y ganas de lavar los pollos. Seguimos ingresando y el espectáculo comenzó a cobrar aspecto, comenzó a cobrar vida el espanto. La peste, el olor fétido era insoportable, nauseabundo. Recordé a mi novia y los besos en el cine, la recordé sin sexo, la vi tierna y cariñosa comiendo un helado y gritando que me amaba y que le fascinaba hacer el amor con música de Elvis Presley de fondo. Pero eso solo duro segundos. El de 35, nuestro “guía” y que parecía conocer el lugar, volteo para decirnos: No es por aquí, tenemos que rodear los puestos de pescado. Íbamos cargando todo. Abigail me pidió que encendiera otro cigarro, aunque no lo fumara. No entendí por qué quería que hiciera eso. En esos momentos no entendía yo nada de lo que hacía. Ni porque estaba en ese sitio, ni por que comencé a sentir terror de la nada o de los puestos con animales sucios expuestos para su venta. De cerdos destazados que apestaban, no ha cebo, sino a muerto podrido. Pensé que ese mercado era de viseras para muertos, que los muertos acudían aquí, porque aquí surtían su alacena y la sangre que corría por el piso era un aderezo muy apetitoso si uno ya estaba muerto y deseaba acompañar con algo su pollo sucio y desplumado. Pero tampoco quiero exagerar porque los momentos que viví podrían tornarse cursis si yo cuento realmente lo que vi. Quizá porque he escuchado en pláticas que: “la realidad se queda corta con la ficción”, y sé que es verdad. Pero también sé que este relato no es ficción y que las palabras que ocuparía –relatado con toda realidad- por fuerza serían muy fuertes y por ende: increíbles. Por eso ya solo diré que los pasillos angostos del mercado, sucios y descuidados eran paredes de animales, los animales muertos hacían la estructura de los pasillos. Uno tenía que esquivar reses, borregos, cerdos, y –cuando por fin llegamos al mentado pasillo- pescados. El olor del pescado que siempre me ha gustado –aunque sea muy fuerte y a veces, lo reconozco, muy desagradable si no se prepara uno a recibir el tufo- fue el peor de todos los olores, porque el pescado nunca había tenido esa peste tan insoportable para mí. La chica de 19 que llevaba los carteles de aluminio se tapó con su suéter así como un Tuareg se cubre el rostro en medio del desierto y a través del suéter me dijo –y fueron las únicas palabras que le oí-: Ya no quiero estar aquí. Pensé que yo tampoco, que el terror no era terror por estar ahí. No era un terror dantesco –aunque la ambientación del lugar lo pareciera -, era terror por el asco, un asco insoportable, como beber vomito ajeno y tratar de sonreír al mismo tiempo. Coloque varios letreros en estanquillos del mercado en los que había que preguntar: ¿no se desgaja este pedazo? Y clavaba con fuerza, al primer mazazo entraba el clavo industrial y cada letrero era una afrenta. Por estúpido que parezca, al clavar letreros uno se volvía más cabrón por soportar la peste, uno curtía la nariz y entonces todo lo demás, eran niñerías. Entendí que la gente de ese lugar estaba habituada a la variedad de pestes, que era algo así como cuando alguien que no fuma entra a un lugar de fumadores y recibe la bofetada de olor y que todo era simple costumbre en medio de la miseria, porque en medio de cada infierno las pestes son variables…                                                                                                         

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada