sábado, 22 de octubre de 2011

4 Nanocuentos, o cuatro cuentos enanos.

El aire la lleva

La vieja abrió la puerta, quito la aldaba que la cerraba y la hacia balancear por los girones de aire esporádicos. Entro a la habitación y vio sobre una mesa compartida el tomo y su canto dorado que brillaba –las tres partes visibles de las hojas en un libro-. En un girón más de aire –aire interminable- se sintió aventada aún más dentro "Mis huesos se empiezan a parecer al polvo", pensó sin preguntarse porqué lo pensaba.  A lo lejos y a través de las cuatro paredes penetra el sonido de autos y siente, de la nariz hasta intoxicar los pulmones, el humo viciado y los aromas viscerales que, al llegar a la habitación cree o intento  haber dejado atrás –el olvido y su recuerdo-.

Ciego

En vista de su ceguera, lleva la mayoría de veces una bolsa llena de dinero, donde mezcla la arrogancia y el desprecio, propios de su condición de pobre. Desistió hace tiempo de lo que nunca tuvo –abandono la quimera de su anhelo, teniendo a la mano su inescudriñable bolsa (sabido es por todos el contenido visto desde fueras como su inconexa persona que mal nos maltrata a todos).

Misterios sin misterio

Soy de la generación que iba en la primaría, en la secundaria y en la preparatoria cuando el ataque al WTC; cuando “Se destriparon los edificios”, así me lo dijo mi hermana –que ese día estaba en la primaria- :“En la escuela hoy nos pusieron todos los edificios destripados”. De la generación que va del asesinato de Lennon a la caída del sistema en el proceso electoral del 88 -un misterio, parecido a los misterios esos donde todos saben que: es un misterio sin misterio –yo no estuve, pero lo sé. Misterios que cambian el rumbo.  Hay misterios placenteros y otros terroríficos. Naci en el 85 dos meses después del terremoto en la ciudad.

Sali sin ver

Llego y se sentó junto a ella. Se miraron a los ojos sin adivinarse nada. Él pidió un café americano. Cuando la mesera se lo trajo, él siguió sin prestarle atención a ella, pero se sentía observado. Ella rompió las bolsitas de papel que contenían el azúcar, vacío los dos sobres sobre el cappuccino espumoso y lo batió deshaciendo la espuma. Él saco un cuaderno de tapas negras y marco dos líneas sobre hojas que ya tenían escritas y escritos, quizá anteriores. Cerro el cuaderno, dio dos tragos al café caliente y salió de la cafetería.         

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