sábado, 2 de julio de 2011

Sí, volvámoslo a hacer

Supongamos que no soy yo quien esta escribiendo esta entrada, que me he inventado un personaje que escribirá una entrada que hable de esos libros que, a mi personaje –que en todo caso soy yo mismo, sin serlo- le parecen imprescindibles. Que esos libros van siendo su manera de saber que una de las funciones primordiales de la literatura –en el supuesto de que en la literatura se busque una función- es la de ver, intuir y saber que seres que nunca han habitado el planeta en la realidad-real sí que lo habitan en esa realidad-ficticia, lugar común en su vida de lector. Libros que, en apariencia, se mueven entre la excentricidad y la invención, y que son, al mismo tiempo: creaciones minúsculas de una gran totalidad lograda.


Libros de los que mi personaje podría contar cómo le fueron apareciendo y cómo los fue ampliando, cómo fue calibrando las propias posibilidades de su escritura y como los fue adaptando a su extraña forma de vida. Libros que caben perfectamente en la bolsa de su chaqueta, uno o todos en el brazo y que en caso de emergencia nuclear ya sabe que seria lo primero que cogería para no malgastar las horas bajo el bunker –por que posee un bunker (imaginemos que lo posee)-. Mi Personaje podría contar que en una tarde le cayo en las manos “Vidas Imaginarias”, de Marcel Schwob y que ante sus ojos desfilaba una gama de personajes que, sin importarle a nadie, serán, por siempre, personajes que pasaran a la mejor vida literaria; mientras que personas que se creen en la mejor vida pasaran a enfilar esa lista de personajes que se convierten en nada y que en todo caso –en el mejor de los casos, a futuro (futuro muy improbable)- podrían pasar a ser material literario para algún escritor alejado de este tiempo que podría reinventarles las vidas que nunca tuvieron y que ni se imaginaron que podrían imaginarles. Eso en el caso de que ese escritor futuro tuviera las aptitudes y las imaginaciones afiladas para imaginar una vida y elevarla a una categoría superior, la categoría donde se mueve, tan actual, la escritura de Marcel Schwob, ese sitio donde se instalan sus “Vidas Imaginarias” y que es un sitio donde la escritura se llama: genialidad.



 Imaginemos que yo -que aquí soy un personaje de mi mismo- opino lo mismo. Imaginemos que ese libro de Marcel Schwob les ruego que lo lean, por que los quiero contagiar de lo que, mi personaje –que soy yo- sentí al leerlo; de lo amplio que puede ser el imaginar a personajes que jamás han existido en la realidad-real y que poco o mucho se parecen a quien tenemos a un lado o a nosotros mismos. Imaginemos que el personaje, que a estas alturas ya he creado, y que ruega vayas por este libro a la Porrua y lo leas donde quieras y como quieras, te dice que este libro es uno de sus preferidos y que, en esta edición, el prólogo y la traducción de la mitad de estas “Vidas Imaginarias” son tinta de la estilográfica de José Emilio Pacheco, el mismo al que se le cayeron los pantalones en la recepción de su premio Cervantes –¡una excentricidad de poeta, claro!- y que, además, en la estela de este libro, hay otros de parecido calibre extraordinario. Este personaje te esta diciendo que ese tipo de escritura excéntrica de la que ya empieza a hacerse amigo su autor se le conoce como “Fake”, una palabra inglesa que no es gratuita si tomamos en cuenta que, uno de sus gérmenes lo inaugura un ingles excéntrico, William Beckford que nace 8 años antes de la muerte de Laurence Sterne, el creador de Tristram Shandy, y a sus 20 años escribe las “Memorias biográficas de pintores extraordinarios”, escritura que, en afinidad con la de Sterne –obvias las respectivas distancias- incluye una muy profunda, seria, elegante y desparpajada burla.



Una burla en tono negro, que la acerca a otro libro que, por estos días, también ha terminado de leer mi personaje –algo de lo que su autor, que soy yo, esta muy orgulloso y con sonrisa de oreja a ojera- y que ha sido leído al más puro estado de salto de mata (por que el libro da acceso a esa posibilidad). El libro de Juan Rodolfo Wilcock “La sinagoga de los iconoclastas”, este otro libro que, Roberto Bolaño recomendaba de la siguiente manera: “El libro de Wilcock me devolvió la alegría, como sólo pueden hacerlo las obras maestras de la literatura que al mismo tiempo son obras maestras del humor negro, como los “Aforismos” de Lichtemberg o el Tristram Shandy de Sterne. Si quieren reírse, si quieren mejorar su salud, cómprenla, róbenla, pídanla prestada, pero léanla”.



Ante tal consejo, mi personaje -y yo- lo único que podemos añadir es: “Sí, volvámoslo a hacer. O -y aqui incluyo, con amor, a quien haya leído esta entrada- hagamos otra cosa, lo que queramos y dejemos de suponer tanto e imaginemos todavía más” (Punto)


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