jueves, 2 de junio de 2011

Viendome viendo

Hace ya unos años -bastantes, quizá mas de 6 o 7- que tenia una novia de la que ya ni el nombre recuerdo. Nos citábamos a una hora muy temprana, su casa vacía y lo que yo hacia en esas mañanas era contemplarla. Tanto la contemple que me olvide de ella; había en sus ojos y en la forma de su rostro algo inabarcable o que estaba más allá de cierta comprensión racional común, y no tan común. Pero no todo el tiempo me lo vivi en contemplarla y si muchas veces ella era mi pretexto más fiel para salirme de las clases y vagabundear por la ciudad en una hora donde ya todo el mundo -la ciudad ha sido mi casa siempre, todo el mundo- esta "haciendo algo de provecho" . En casa de la novia que yo me dedicaba a mirar y a delinarle otros rostros llegue a conocer cada milímetro de los espacios, espacios a los que les imaginaba otra vida según el tiempo: llegaba a suponer diferentes actividades en diferentes horarios: a las 9 am yo en un estudio observando el librero de su padre; a las 9 pm su padre dentro de ese estudio hojeando algún libro de esos tantos que tenia; a las 3 de la tarde su hermana llegando de la escuela; a las 5 su madre regresando del trabajo, en fin, un sin fin de actividades entre el horario que tiene un día, y un sin fin de actividades que suceden entre esas actividades.
Pero yo me veo aun observando los rasgos tan perfectos de esa novia mía ya pasada y de la que no recuerdo ni el nombre. Y me veo también, aun, en el estudio de su padre (supongo que mientras yo no la observaba ella se estaría dando una ducha o enchinandose las pestañas) entre varios libros. Y me veo, aun, robandome algún libro de su padre, libro que yo suponía ya leído por él y, por lo tanto, solo presente entre los espacios de sus libreros. Y todavía hoy sé que libro era, un libro azul de pastas duras con el nombre en letras doradas, biblioteca de premios Nobel, el año del Premio 68, inolvidable en la historia de esta ciudad -nefasto recuerdo-, libro que bien cabía en la solapa de mi chamarra y que bien no notaría su padre que faltaba o quizá si, no lo sabré nunca. Lo leí con precisión de observador minucioso, sentí cada una de sus letras y la belleza con que estaba contada la historia, o las 3 historias. Al terminar la lectura recapacite mi falta y volví a poner en el librero el ejemplar que por un momento, solo lo que me llevo la lectura, robe. Lo puse en el mismo sitio, como si nunca hubiera sido tocado, solo visto, solo leído, como lo solo leído que fue el rostro de mi novia de la que no recuerdo el nombre, solo visto -no solo su rostro-.
La casa de las bellas durmientes, me fascino por su aliento, su textura nunca completamente abarcable y sin embargo presente en cada visión de cada poro.




En algún momento deje de ver a mi novia, de la que nunca podría volver a recordar el nombre y a la que hoy ya le delineo otros rostros. Y me veo en aquel tiempo vagabundeando, otra vez por la ciudad y entrando a una librería, y me veo abriendo una nueva novela de García Marquez -Memoria de mis putas tristes- y me veo viendo, como epígrafe de esa novela, una cita preciosa de una novela que yo solo pude ver en cada poro, porque que las letras son también la lectura de rasgos precisos y también nunca claros del todo -no tendrían por que serlo-. Y hoy me veo y espero seguir viéndome viendo La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata.              

1 comentario:

  1. "en realidad, recordé el nombre de mí ex novia y no, no eras tú" Allan H. (jaja)

    Jaqk

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