miércoles, 28 de julio de 2010

Ciudad de México, un detective salvaje más

Madame Bovary es un logro más de Flaubert: la animación de los objetos. Con él el realismo desbordo su contenido: mostrarnos la paranoia de quien escribe y de quien lee, mostrarnos que nada es gratuito al escribir tal o cual cosa. Por supuesto en su tiempo esto paso desapercibido. El escandalo se centro en los amoríos adúlteros de una mujer condenada por si misma. Cuando Flaubert sentencio: Madame Bovary soy yo. Nadie se tomo en serio tal afirmación. Ahora sabemos que no estaba errado y que tal afirmacion es hoy respuesta clave en el texto de cualquier autor: somos y dejamos de ser el texto que escribimos, de ahí el enfrentamiento constante de un autor con sus creaciones.
Esos dos puntos Flaubertianos son los que en principio me interesaron de una novela como Los Detectives Salvajes: los objetos en animación, en este caso la Ciudad de México como personaje centro de un lugar que no solo sirve de escenario; y diversas opiniones dentro de la novela, donde el juego hacia la realidad juzgó y sigue juzgando a su autor a la distancia. 
A Roberto Bolaño se le cuestionaba, después de Los Detectives Salvajes, su postura ante la obra Paciana. Como si el entrevistador, al que tuviera enfrente fuera a Arturo Belano, y no a Roberto Bolaño. Por supuesto él respondía desde Bolaño y no desde Belano, aunque eran las respuestas de esté las que el entrevistador buscaba. Respuestas que el mismo Bolaño le pudo haber dado en persona cuando nadie sabia de él, a los 20-24 años, pero que ahora, en el instante de la entrevista, solicitaba pedírselas a la lectura de Los Detectives Salvajes. En la novela se encuentra lo que es y lo que no es. No solo el ser y no ser de la opinión de Bolaño acerca de Octavio Paz, sino de todo lo que circula en las paginas de una novela que, por inmediata -personalmente-, crea su propio mundo. Crea su propia Ciudad de México, alternada con los escenarios en otros países. El Distrito Federal se convierte en un detective salvaje más. Ningún otro escenario hubiera sido un protagonista tan activo y tan mierda, tan real y viceral. La ciudad en la novela es el poema realviceralista que los real-viceralistas (o viscerealistas o viceralrealistas) cuajaron, a su modo cada quien. Bolaño no tenia de otra por que él mismo se veía en una poesía dentro de la prosa, escondida, buscada y a la que le toco toparse de jeta como un santo. Una ciudad que conocía hasta la exahustividad, por que en la edad que tengo y tiene, por siempre, Forever Young Arturo Belano, uno no quiere hacer otra cosa, más que suponer que hay que largarse siempre, sin timón y a la deriva y en el delirio You know you´re right, ahora, y escribir, o como quieras.

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